Mujer con los brazos cruzados sonriendo

Autoexigencia: cuando exigirte tanto deja de ayudarte

La autoexigencia o disciplina suele tener buena fama.  A veces se asocia a ser responsable, constante, comprometida, “tener fuerza de voluntad”. Y muchas personas llegan a consulta diciendo algo como:

“Yo es que soy muy exigente conmigo, pero eso me ha ayudado a llegar hasta aquí”.

Y es verdad… hasta cierto punto.

El problema aparece cuando esa autoexigencia deja de ser una aliada y se convierte en una fuente constante de malestar, ansiedad, culpa y sensación de “nunca es suficiente”. Vamos a mirar la autoexigencia desde una perspectiva contextual y funcional: no preguntándonos si es buena o mala, sino para qué está ahí y qué consecuencias tiene en tu vida.

¿Por qué soy tan autoexigente? (una mirada desde el análisis funcional)

No es útil hablar de rasgos fijos de personalidad, sino de conductas que se han aprendido porque han tenido una función.

La autoexigencia suele aparecer porque, en algún momento de tu historia:

  • Exigirte más te ayudó a obtener reconocimiento, aprobación o cariño.
  • Ser dura contigo redujo la crítica externa (“si me anticipo, no me pillan”).
  • La exigencia te daba sensación de control frente a la incertidumbre.
  • Cumplir, hacerlo perfecto o no fallar aliviaba ansiedad o miedo al rechazo.

Es decir, la autoexigencia no surge porque sí, sino porque funcionó. El problema es que lo que funcionó antes puede dejar de hacerlo en el presente.

Cuando la autoexigencia empieza a pasar factura

El coste de la autoexigencia suele aparecer de forma silenciosa y progresiva:

  • Vivir en un estado de alerta constante (“no puedo relajarme”).
  • Sentirte culpable cuando paras o descansas.
  • Disfrutar poco de los logros porque “podría haberlo hecho mejor”.
  • Procrastinar por miedo a no hacerlo perfecto.
  • Tratarte con dureza cuando te equivocas.
  • Confundir tu valor personal con tu rendimiento o resultados.

Desde fuera puedes parecer una persona funcional, pero por dentro hay cansancio, presión y una sensación persistente de insuficiencia.

¿Cómo empezar a cambiar la autoexigencia? (sin irte al extremo contrario)

Cambiar la autoexigencia no es volverte pasota ni dejar de esforzarte. Es aprender a relacionarte de otra manera contigo y con tus objetivos.

  1. Cambia la pregunta: de “¿es verdad?” a “¿me ayuda?”

En lugar de discutir si “deberías poder con todo”, pregúntate:

¿Este nivel de exigencia me acerca a la vida que quiero o me aleja?

  1. Observa el coste real

Hazte esta pregunta con honestidad:

¿Qué estoy perdiendo por exigirme así?

Tiempo, salud, relaciones, disfrute, calma… ponerle nombre ayuda a tomar perspectiva.

  1. Practica una exigencia flexible, no rígida

No se trata de bajar el listón, sino de ajustarlo al contexto. No es lo mismo exigirte un lunes agotada que en un momento de energía. La flexibilidad es una habilidad.

  1. Aprende a avanzar con incomodidad

Muchas veces la autoexigencia intenta evitar emociones desagradables (miedo, vergüenza, inseguridad). Practicar hacer las cosas sin hacerlo perfecto y tolerando la incomodidad es clave para debilitar el patrón.

 

  1. Reconecta con el “para qué”

Pregúntate:

¿Para qué hago esto? ¿Qué valor hay detrás?

Cuando conectas con valores (cuidado, aprendizaje, coherencia…), la exigencia deja de ser un látigo y se convierte en dirección.

 

En conclusión

La autoexigencia no es tu enemiga, es una estrategia que aprendiste para sobrevivir y avanzar. Pero ahora puedes decidir si quieres seguir pagando su precio o aprender formas más amables y eficaces de relacionarte contigo misma.

Se trata de tratarte mejor mientras sigues avanzando. Y eso, lejos de hacerte perder, suele ser justo lo que permite sostener el camino.

Si necesitas que te acompañe en tu camino, estoy aquí para ayudarte.

Scroll al inicio